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    Happy End en el porche (sobre cine)

    Supongo que vivir en un séptimo piso me hace tener debilidad por los porches de las casas -y si no, vean esta otra nota sobre porches cinematográficos-; por eso me quedé pasmado con la última y maravillosa secuencia de Monster's Ball. Lo cierto es que tal y como se desarrollaba la película no sabía cómo iba a terminar y, mientras se acercaba el fin, diferentes desenlaces se me ofrecían, todos ellos coherentes con la relativa incongruencia de la casualidad sobre la que está montado el guión. Pensaba que cuando Hank Grotowski volviera de comprar helado, Leticia, que previamente había descubierto sobre la cómoda el dibujo que su marido hizo del carcelero poco antes de ser ajusticiado, le descerrajaría un tiro en la cabeza con algunas de las armas que se guardaban en la casa y que el director se había cuidado de ofrecernos así como de pasada. Se trataba de un final muy coherente con la trayectoria vital de los personajes. El rostro de la maravillosa Halle Berry se presentaba en esa última secuencia desencajado, sometido a una tensión hiperbólica causada por lo que había sido su vida: seis años visitando a su marido en la prisión, ejecución del marido, arruinada, trabaja como una loca para poder conservar su casa, su hijo es un comedor compulsivo y, además, muere atropellado por alguien que se da a la fuga, es negra, vive en alguna zona del sur de EE.UU., conoce a alguien que la ama y le hace sentir lo que ya prácticamente tenía olvidado -magnífica la escena del sofá por su intensidad sexual-, conoce al padre de ese hombre y comprende que se ha enamorado de un racista -aunque no estoy del todo de acuerdo con eso último-, acepta ir a vivir con él y, entonces, descubre que era uno de los verdugos de su marido. Vuelta al principio. La vida es un círculo sin sentido o con el único sentido de hacer sufrir aun más. Leticia y Hank salen al porche de la casa y se sientan en los escalones a comer el helado mientras el rostro de ella se descompone aun más y su brazo derecho caído parece esconder algo ¿una pistola?

    Pero es una película americana ¿cómo canalizará el guionista la narración hacia un happy end? La respuesta está en un giro de cabeza. Leticia, con unas ojeras tremebundas, vuelve la cabeza hacia Hank que le ofrece helado de chocolate con una cucharita; ella le dirige una mirada perdida que acaba dando -plano general- con dos blancas tumbas que resaltan en la noche. Leticia comprende que también Hank ha sufrido durante toda su vida. Leticia comprende que tiene -¿que tienen?- derecho a ser feliz, al menos, a intentarlo. Problema resuelto: unas vidas de mierda recompuestas en la ficción de unos segundos. El cine sigue siendo una fábrica de sueños y el espectador puede dormir tranquilo. The end.

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