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    De nuevo en Manderley (sobre cine)

    Anoche soñé que volvía a Manderley, así que lo primero que he hecho en cuanto he podido ha sido ver de nuevo Rebeca.
     
    Es un lugar común afirmar que Alfred Hitchcock maltrata a las mujeres en sus películas, y si no, piensen en el convecional y vano personaje que interpreta Grace Kelly en La ventana indiscreta o en tantas otras mujeres de sus filmes. Pero a mi modo de ver es en Rebeca (1940), su primer filme en Hollywood, donde el cineasta larga una tremenda andanada contra la imagen femenina. Después de haber visto la película tantas veces no me había percatado de que no existe en ella ni un sólo personaje de mujer que encarne valores positivos o completamente positivos, mientras que los hombres que pueblan la historia narrada sí encarnan dichos valores. Repasemos. Rebeca de Winter, la primera mujer de Maxim, aparece adornada con las galas de una mujer fría, absolutamente convencional, pagada de sí misma, de su belleza, de su situación de poder y con un toque de perversidad con el que manipula las vidas de los que la rodean incluso después de su muerte. Frente a ella, la joven señora de Winter -desconocemos su nombre- interpretata por Joan Fontaine es una mujer-niña apocada, débil, sin espíritu ni iniciativa, absolutamente fuera de lugar en el gran mundo. La señora Danvers es la encarnación de la locura, pero de la locura de amor por su antigua señora, lo que la lleva a actuar de la manera en que lo hace en el filme. Junto a este trío de mujeres, aparecen por el relato otras dos que desempeñan papeles muy secundarios, pero interesantes; ambas encarnan, a mi modo de ver, papeles más bien masculinos, aunque sean mujeres. Pensemos en la jefa de la joven señora de Winters, que bien podría ser un hombre y como tal es su comportamiento y su talante en algunas de las escenas en las que aparece, y la hermana de Maxim de Winter actúa más como camarada que como cuñada y su caracterización es algo desaliñada y masculinizada, si se me permite.
     
    Y junto a las mujeres, los hombres. Maxim, aunque resulta antipático durante todo el filme, acaba congraciándose con el espectador en cuanto se descubre la-su verdad sobre Rebeca. Frank, su secretario, representa un alto concepto de la amistad, el honor y la lealtad: sabedor de todo, en ningún momento aprovecha su posición ventajosa. Incluso el primo favorito de Rebeca aporta un soplo de aire fresco y vitalidad en Manderley en la primera escena en la que aparece, y aunque el episodio de chantaje afea al personaje, tras la entrevista con el doctor vuelve a ganarse al público -que le perdona encantado- con una salida airosa.
     
    Después del par de párrafos anteriores, cualquiera que los lea podrá pensar que Hitchcock es un cineasta machista -y ciertamente lo es- y por eso no digno de estos tiempos de igualdad, pero no creo que eso deba llevarnos a renegar de su cine. Rebeca es una película maravillosa aunque represente un modelo social patriarcal que quizás no compartamos. Es más, Rebeca, pienso, es imprescindible.

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