Las letras y las cosas

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    Con mis ojos de nieve (relato)

    Uno. Dos. Tres.
    ¿Te acuerdas de cuándo nos conocimos? Cada vez que te miro, suelo recordarte así, lejana, como entre brumas, indefinida. Caminabas por el mundo como si el mundo no estuviera hecho para tí. Para Girondo serías casi como una pluma. La levedad, la esencia de la etereidad. Así eras para mí

    Uno. Dos. Tres.
    El tiempo nos envolvió, nos arropó con su manto mientras nos mirábamos a los ojos. Fue un instante en el que el armiño cubrió nuestras sienes. ¿Ya no te acuerdas del momento en que apartamos las miradas? Casi todo había cambiado. No nos habíamos dado cuenta porque no supimos leer las pistas. Fuimos como dos ciegos que chocaran de repente el uno con el otro.

    Uno. Dos. Tres.
    Nos golpeamos, despertamos y contemplamos. Mi cuerpo estaba poblado de soledad. El tuyo, roto, herido en su centro, lastrado, quizás también solo. No sé, ahora me parece que desaprovechamos el momento de volver a mirarnos para amarnos con ojos de nieve. Creo que perdí la oportunidad de amarte como ángel caido.

    Uno. Dos. Tres.
    Y ahora estás ahí, vuelves a mirarme como solías, con los ojos abiertos como ventanas, como espejos en los que compruebo mi ruina. Yo te amé y quizás aun te ame, por eso no soporto verte como ahora eres, por eso prefiero contemplar tu quietud, serena, distante. Tu palidez de madonna arrepentida.

    Uno. Dos. Tres.
    ¡Qué lástima que la última imagen que guarde de tí esté atravesada por ese hilillo de carmín que cuelga de tus labios! ¡Qué lástima que ya no puedas tocarme con tus dedos! A modo de despedida besaré una vez más tu rostro, besaré cada una de las tumefacciones de tu cara.

    Uno. Dos. Tres.
    Un día te amé. No lo dudes jamás. Y creo que todavía te amo.

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