Las letras y las cosas

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    Domingo de Ramos (relato)

    ¡Domingo de Ramos!
    Quien no estrena,
    no tiene manos.


    Me levantaba temprano al olor de los churritos todavía humeantes y el colacao. Mi padre ya estaba en la cocina y había preparado el desayuno de todos, a cada cual lo suyo: galletitas, magdalenas, tostadas, calentitos, café. Él estaba hecho un primor, enchaquetado y perfectamente encorbatado. No hablaba mucho, es verdad, pero supongo que no era necesario; ninguno le pedíamos una palabra, tan solo su presencia. Quiero creer que lo comprendía, que sabía que aunque nos despertáramos con cara de seta y pelos revueltos, le mirábamos con amor, aunque no fuésemos capaces de dedicarle una palabra amable.

    Después del desayuno tocaba escoger la ropa que íbamos a llevar durante todo el día y vestirse deprisita. Tenía que ser cómoda porque la jornada sería larga y agotadora. Malos modos en la puerta del baño, prisas, alguna discusión. Mi padre leía mientras tanto el periódico en el salón, fumaba un ducados tras otro haciendo tiempo, yo creo que disfrutando de que todos estuviéramos juntos y de las horas que aun nos esperaban.

    Todavía no consigo explicarme cómo, pero en no demasiado tiempo estábamos listos, en perfecto estado de revista y saliendo por la puerta de la casa. Procesión por la plaza, misa larguísima y vuelta a casa para colgar en el balcón la palma. De nuevo a la calle. Comíamos fuera: pescaito frito, ensalada, bacalao con tomate, torrijas de postre y a las cinco, poco más o menos, estábamos de vuelta ocupando los balcones y ventanas para ver salír La Estrella.

    Enorme bullicio en la calle San Jacinto. Fiesta. Gente que baila. Gritos. Vendedores de globos, de manzanas de caramelo, de algodón dulce. ¡Que viene la banda! ¡El primer nazareno! ¡Yo los cuento, papá! Saetas y más bullicio, lluvia de palmas, lluvia de flores sobre el relumbrón blanco de las paredes. Y la multitud que se dispersa poco a poco en la calle, pero también en la casa. Mis hermanas se marchan con sus novios y nos quedamos solos mi padre y yo. ¿Nos vamos los dos a ver alguna por ahí? Es la hora de mi estreno particular: mi padre para mí solo. Me coge de la mano y con una sonrisa de oreja a oreja, salimos a la calle. No habla mucho. Nunca lo hizo ni tampoco hizo falta.

    Han pasado treinta años y casi todo ha cambiado. Hoy al levantarme no había churros humeantes en la cocina. Hoy es Domingo de Ramos y no tengo nada que estrenar.

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