Las letras y las cosas

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    Al parecer siempre llueve en Santiago de Chile (memoria)

    Al parecer siempre llueve en Santiago de Chile. Allí los días ?escribe Nicanor Parra- son interminablemente largos.

    Los edificios perfilan sobre la blancura de los Andes una línea de contraste brutal entre lo humano y lo divino inmaculado. En el centro, reina el Palacio de la Moneda, ya restaurado, pero para siempre horadado por el asalto en la memoria. Al contemplar la ciudad comprendo, o creo hacerlo, por qué los días son tan largos, tan provincianos, por qué dice Nicanor que no hay habitantes en Santiago.

    Nunca estuve en Santiago de Chile, y supongo que nunca estaré. A pesar de todo, quiero caminar por su corazón colonial, recorrer en diagonal la Plaza de Armas y encaminarme hacia la Alameda de las Delicias atravesando calles pobladas de casas con fachadas de piedra en las que un escudo, a menudo, corona unos portones tallados en la Toscana, portones viajeros que recorrieron medio mundo hasta llegar a esta antesala del fin del mundo.

    Estoy seguro de que habrá otro Santiago más real, probablemente. La ciudad del campo de fútbol repleto, por ejemplo, o el Santiago de calles mojadas ?lluvia, otra vez- en el que vivían y se amaban Manuel y Amanda. Existirá una ciudad hija del esplendor del nitrato, ciudad de industrias, prostíbulos de mala muerte y bares de ambiente inglés donde se comercia con la carne de los unos y de los otros. Claro que habrá otros Santiagos completamente desconocidos e inimaginados ?Yo nunca fui a Santiago, parafraseo a Alberti-, pero para mí esa interminable extensión de los días solamente puede cobrar sentido en la ciudad superviviente del siglo XIX, la que huele a burguesía del quiero y no puedo, a mantengamos el estilo de vida en un lugar en el que la montaña parece querer arrojarnos al mar. En los otros escenarios los días puede que sean vertiginosos o brutales o fanáticos o sonoros o radiantes.

    Adoro esta ciudad umbría narrada por José Donoso, por Jorge Edwards, por Antonio Skármeta, por Ariel Dorfman; me indigno al ver La batalla de Chile, al ver Missing; tiemblo con lo que adivino en las canciones de Víctor Jara y Violeta Parra, en los poemas de Gabriela Mistral, de Gonzalo Rojas y de Pablo Neruda? Y me encuentro en los versos de Nicanor Parra con un Santiago metafórico construido por quien en su día había declarado la guerra a la metáfora.

    Al parecer llueve siempre en Santiago de Chile.

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