Las letras y las cosas

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    Melancolía

    Primera estación: Luis Cernuda.

    ADOLESCENTE FUI EN DÍAS IDÉNTICOS A NUBES

    Adolescente fui en días idénticos a nubes,
    cosa grácil, visible por penumbra y reflejo,
    y extraño es, si ese recuerdo busco,
    que tanto, tanto duela sobre el cuerpo de hoy.
    Perder placer es triste
    como la dulce lámpara sobre el lento nocturno;
    aquél fui, aquél fui, aquél he sido;
    era la ignorancia mi sombra.
    Ni gozo ni pena; fui niño
    prisionero entre muros cambiantes;
    historias como cuerpos, cristales como cielos,
    sueño luego, un sueño más alto que la vida.
    Cuando la muerte quiera
    una verdad quitar de entre mis manos,
    las hallará vacías, como en la adolescencia
    ardientes de deseo, tendidas hacia el aire

    Segunda estación: Rafael Alberti.

    A través de la niebla caporal de tabaco
    Miro el río de Francia
    Moviendo escombros tristes, arrastrando ruinas
    Por el pesado verde ricino de sus aguas.
    Mis ventanas
    Ya no dan a los álamos y los ríos de España.

    Quiero mojar la mano en tan espeso frío
    Y parar lo que pasa
    Por entre ciegas bocas de piedra, dividiendo
    Subterráneas corrientes de muertos y cloacas.
    Mis ventanas
    Ya no dan a los álamos y los ríos de España.

    Miro una lenta piel de toro desollado,
    Sola, descuartizada,
    Sosteniendo cadáveres de voces conocidas,
    Sombra abajo, hacia el mar, hacia una mar sin barcas.
    Mis ventanas
    Ya no dan a los álamos y los ríos de España.

    Desgraciada viajera fluvial que de mis ojos
    Desprendidos arrancas
    Eso que de sus cuencas desciende como río
    Cuando el llanto se olvida de rodar como lágrima.
    Mis ventanas
    Ya no dan a los álamos y los ríos de España.


    Tercera estación: Celtas cortos.

    20 DE ABRIL

    Veinte de abril del noventa
    Hola chata como estas
    Te sorprende que te escriba
    Tanto tiempo, es normal

    Pues es que estaba aquí solo
    Me había puesto a recordar
    Me entró la melancolía
    Y te tenía que hablar

    Recuerdas aquella noche
    En la cabaña del turmo
    Las risas que nos hacíamos
    Antes todos juntos

    Hoy no queda casi nadie
    De los de antes
    Y los que hay, han cambiado
    Han cambiado, si!


    Pero bueno, tú que tal, si
    Lo mismo hasta tienes críos
    ¿que tal te va con el tío ese?
    Espero sea divertido

    Yo, la verdad, como siempre
    Sigo currando en lo mismo
    La música no me cansa
    Pero me encuentro vacío

    Bueno, pues ya me despido
    Si te mola me contestas
    Espero que mis palabras
    Desordenen tu conciencia

    Pues nada, chica, lo dicho
    Hasta pronto si nos vemos
    Yo sigo con mis canciones
    Y tu sigue con tus sueños

    2004-07-04 01:00 | Categoría: | 3 Comentarios | Enlace

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    Comentarios

    1
    De: A propósito de Santiago. Fecha: 2004-07-05 02:44

    Leí lo que escribes de Santiago.

    Santiago es una ciudad desordenada, bella, fea y en constate crecimiento, como una adolescente que le brota todo por todos lados.
    Llueve. Algunos inviernos llueve poco, como el de este 2004 con un cielo de acero y smog, con miles de niños contagiados con enfermedades respiratorias y servicios de salud colapsados. Necesitamos que llueva y pronto.
    Hace un frío tajante, como si te rebanaran los huesos. La Cordillera nos mira con sus gélidas nieves eternas y su enorme indiferencia. Bella sí, monumental, bella y lejana, con riquezas escondidas en su corazón de piedra.
    Hay un palacio en el centro de Santiago. En realidad hay varios edificios hermosos y antiguos (poquísimos con portones y menos portones toscanos), nada que ver con los de las Mil y Una Noches como algunos europeos mistifican. Es una casa más grande que otras, con algunos enlucidos de buen gusto (y dinero), muebles de noble madera y algo de historia, amén de la leyenda tejida con hilos de nostalgia a su alrededor.
    Santiago no es más que Paris, Buenos Aires o Madrid. Tampoco lo es menos. Es nuestra capital, con todas sus afectaciones y dificultades.
    Las calles, por ejemplo, angostas y peligrosas. Si uno fuese ciego, ¡Dios nos libre!, tendríamos que andar con un lazarillo por ellas. Desniveles, tráfico desagradable, bocinazos, choferes irrespetuosos, grandes aglomeraciones a ciertas horas, en fin, todo conspira para estresar a los habitantes.
    Sin embargo si sales del centro, hay barrios encantadores. Puedes pasear sin peligro ni aprensiones. El Parque Forestal, el Parque Japonés, la calle Lyon o el Paseo Las Palmas. Y si caminas más lejos, todo cambia. Al sur hay grandes jardines con las plantas que ni te imaginas, enormes extensiones de maizales o papales. O viñas doradas. Si subes a la Cordillera en las recónditas laderas hay aguas termales que te dejan la piel colorada de tan calientes. Y que según dicen son salutíferas. Recovecos deliciosos y los atardeceres ni la mejor película los ha podido copiar. Uno distinto cada día.
    El sol amanece por el oriente, tímido sobre Los Andes y su reflejo hace la nieve más blanca y más fría. Por la tarde se despide en el poniente, hacia el Océano Pacífico, con un despliegue grandilocuente de perfección.
    También hay una ciudad (¿dónde no?) de delincuencia, terrores y perversiones inimaginables. Sólo los habitantes de la noche y las ratas saben cómo se tranza la droga, cómo se abusa a los niños, cómo se vende el sexo y de qué forma. La noche y sus cuchillos, la delación y la miseria. La noche de las muertes por hipotermia de los seres sin hogar. La noche de micros malolientes bamboleando pasajeros que dejan su vida en los viajes y apenas ven sus hijos.
    Y mi hogar. Una sencilla casa de piedra en la pre-cordillera, con un gomero envolviendo la entrada y dos buganvillas, una a cada lado. Frente a mi casa una panadería con oloroso pan fresco cuatro veces al día y más allá, como a 300 metros una iglesia pequeña de noble gente, honrada y afable. Lejos del centro, lejos del ajetreo y el comercio, mi barrio huele a tierra húmeda (cuando lleve), la vegetación crece sin impedimentos y las aves anidan en los árboles de mi patio. Hay un boldo, un eucaliptos, un nogal de sabrosas nueces, un naranjo nuevo y un viejo limonero. También cultivo una mata de menta y un cedrón.
    Como ves, Santiago no es el Paraíso, pero es vivible en armonía.
    ¡Ah!, Parra es mi poeta favorito.
    Neruda poco, más la Viola y la Mistral. Cosa de mujeres, será, digo yo.
    Toyita.





    2
    De: Isabel Fecha: 2004-07-14 03:02

    MMm poco puedo comprender de una ciudad que no vi ni visite, e imagino que debe ser. Que bello poema, pocas veces me interese en poemas tradcionales que describen amores o cosas asi, pero este es uno de los pocos que realmente me gusto..ahhhhh(suspiro) 20 de abril...? buen escritor..



    3
    De: paula Fecha: 2011-01-10 01:51

    hola



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