Aunque ya he escrito sobre
El viaje de Chihiro en
otro lado, no quiero dejar de comentar la amargura que, a mi modo de ver, subyace en la película de Miyazaki. El cineasta japonés ha construido el filme sobre la oposición de dos mundos que no son, precisamente, el real y el de la fantasía, o sí lo son, pero de manera algo más compleja. La verdadera oposición pienso que se da entre el mundo infantil en el que Chihiro puede vivir una fantasía en la que no parece haber ni buenos ni malos absolutos, y frente a él, sus padres, el mundo real-adulto que desarraiga a la niña de su ciudad (los primeros planos son estremecedores, con la niña tumbada en el asiento trasero del coche, callada, casi con lágrimas en los ojos) para transportarla a no se sabe muy bien dónde.
Los padres de Chihiro son maltratados por el cineasta, quién sabe si como una pequeña venganza; son profundamente desagradables, no manifiestan cariño hacia la niña, solamente piensan en comer cuando llegan a ese pueblo fantasmal y, como castigo, son convertidos en cerdos. Lo cierto es que, aunque Chihiro acomete la tarea de recuperar a su familia, no parece mostrar tampoco un exceso de amor hacia ellos. La niña "se entretiene" salvando a los amigos encontrados en ese mundo de fantasía en el que los dioses acuden a limpiar sus cuerpos en la casa de baños. Allí descubre el amor, la amistad, un punto de cariño -sin excesos, que estamos hablando de un director japonés-, en definitiva, buena parte de lo que no encontraba en la realidad de su vida. Esa es la razón del rostro de la niña al transitar por el oscuro túnel que comunica ambos mundo, el saber que sale para siempre de la edad infantil para ingresar en la edad adulta o, al menos, en un espacio adulto. Perdónenme la osadía, pero ese hecho me hace recordar a la Wendy del
Peter Pan de Disney en el momento en que su padre le comunica que será la última noche en el cuarto de los niños. Como Wendy, Chihiro ha disfrutado de la última aventura, y como ella, ha encontrado la amistad y el amor, ha encontrado los recuerdos suficientes para afrontar su futuro. No sé, quizás algún día Chihiro vuelva al túnel con sus hijos para repetir la experiencia; lo que sucede es que, si se mantiene la coherencia con el filme de ahora, esa vuelta no podrá edulcorarse y Chihiro debería ser como su madre o su padre, atiborrandose de comida en el pueblo fantasma. Aquí no hay lugar para sombras de barcos piratas en el cielo.
En fin, la película es una verdadera delicia, y es amarga y su lectura final, tristísima. No puedo dejar de pensar en la posible vida real de esa niña ficticia, en su sufrimiento. Pedónenme una vez más, pero Chihiro tiene cara, tiene hechuras, de niña maltratada.