Primera razón (y, quizás, segunda también).- Se muere la gente, y se muere de verdad, groseramente casi se podría decir. No hay belleza en la muerte real, no es emotivo un cadáver calcinado al borde del camino, no hay gloria en perecer anónimamente porque una supuesta bomba inteligente se equivocó de destino. Las guerras de verdad no se parecen a las de las películas, aunque los de la TV se empeñen en hacérnoslo creer. A mí me gustan algunas batallas del cine y de la literatura, no sé, el final de Custer en Murieron con las botas puestas, aferrado a la bandera del séptimo regimiento de Michigan mientras disparaba su revolver contra un enemigo imposible; también me gusta La carga de la Brigada Ligera y esa gran cabalgada contra la artillería turca en Balaklava. Pero esas no son batallas de verdad, ahí la gente no nos insulta con su muerte, sino que se dejan caer heroica y espectacularmente de sus caballos o le fallan las últimas fuerzas que guardaban en lo más recóndito de su cuerpo mientras pronuncian alguna maravillosa frase, y cuando el director da por terminada la grabación de la secuencia, los muertes resucitan -milagro entre los milagros- y se comen un bocadillo de mortadela para reponer fuerzas porque -todo el mundo lo sabe, creo- morirse cansa mucho. En cambio, las batallas que se nos avecinan no terminarán con bocadillos de mortadela y botellín de cerveza, todo lo más tendrán el triste y deprimente final de las filas de personas esperando su turno de agua y rancho en los campos de refugiados, mientras capitostes del mundo mundial hablan de reconstrucción, de ganar la paz, de libertad y democracia y de lo bueno que ha sido para el mundo la expulsión del tirano. En fin, tengo más razones, pero creo que con estas basta por hoy.