Arena
Nos gusta dibujar en la arena mojada de la bajamar, sobre todo en las tardes de agosto, cuando el sol comienza su descenso hacia el poniente. Humedad en el aire y olor a tranquilidad.
Este año la figura estrella es el pulpo cabezón y bracilargo, y el barquito de pesca que se le acerca por la espalda -¿tienen espalda los pulpos?-. Sobre ellos, un sol infantil que sonríe ante la escena.
Sonríe el sol, como sonríe el niño que vende toallas por la playa, orilla arriba y abajo, cargadito y mirando los grupos de veraneantes que tuestan sus carnes al sol -¿risueño?- de la tarde.
A veces, el niño de las toallas se para a mirar nuestro dibujo y los ojos me parece que le brillan. Se detiene, como el sol dibujado, a contemplar la escena de caboclos arrojados al suelo y armados de piedritas con las que arañar la arena.
No puedo evitar pensar en por qué le brillan los ojos al niño que vende las toallas y se me ocurre que quizás, no hace mucho, también él dibujaba formas en la arena de la bajamar, en las playas de Tanger o de Nador o de Tetuán. Se me ocurre pensar que, es posible, también él dibujaba soles sonrientes y pulpos y estrellas de mar y, un día, una barca. Y se me ocurre pensar que, jugando, jugando, se montó en la barca de fantasía de la arena del anochecer y la barca zarpó, y el dibujo lo trajo, jugando, jugando, a estas playas del lado opuesto en las que ya no puede dibujar en la arena, sino pasear la playa cargadito de toallas y, de vez en cuando, pararse a mirar cómo pintan los caboclos sus pulpos y sus soles en la arena de la bajamar.