El sistema no funcionó.
Se le ocurrió a la Cabocla, para que no desapareciera nuestra pequeña selva doméstica (entiéndase por selva unas seis macetas) con los rigores agosteños y la desatención de su dueña, dejar unas botellas de agua con una cordón de tela que las uniese a cada una de las plantas. Decía ella que, de esa manera, el agua pasaría poco a poco a la tierra y las plantas sobrevivirían. Es más, para perfeccionar el invento, recubrió el cordón con plástico adhesivo para evitar la evaporación. La cosa le llevó unos días de preparación, pero quedó lucido, aunque un poco sospechoso. A mi me recordaba, no sé por qué, a una de esas películas de ciencia ficción de serie B: nuestra cocina parecía una plantación de seres en crecimiento, una especie de
hospital de plantas, cada una con su suero de la vida, dispuestas a soportar una larga hibernación o un vuelo hieperespacial o algo así.
Ayer volvimos a casa. Fue un espectáculo dantesco comprobar el final de la vida en directo. Lo que había sido el verdor convertido en materia amarillenta. No, el sistema no ha funcionado. Las botellas siguen llenas de agua, pero las plantas, al parecer, no quisieron beber o no les habían explicado eso de la capilaridad. Probablemente se haya debido a un problema educacional de falta de disciplina, digo yo, porque si no es así no me lo explico.