Todavía la sociedad no se ha puesto de acuerdo en cómo denominar la violencia que algunas mujeres y niños (no los olvidemos) sufren de manos de maridos, padres, amantes, maromos o descerebrados que se sienten con derecho. Supongo que la razón de que no exista un nombre concreto se debe a que, en realidad, nuestra sociedad sigue sin ver este drama como un verdadero problema, como demuestra el hecho de que solamente un 7% perciba como uno de los principales problemas del país este tipo de violencia, según decía esta mañana Iñaki Gabilondo en la
Cadena Ser.
El dato anterior resulta sorprendente, tremendamente sorprendente, sobre todo si tenemos en cuenta el esfuerzo de los medios de comunicación por "hacer visible lo invisible" y explicitar, exponer, publicitar a diario los casos que se van produciendo. Un buen ejemplo de ellos es el especial que el Diario El Mundo nos ofrece bajo el título
"Terrorismo doméstico", en el que se hace una semblanza de las víctimas y se aborda el problema por extenso, al menos todo los "por extenso" que permite el periodismo actual.
La apuesta de El Mundo y de tantos otros medios es digna de alabar, pero insuficiente. No olvidemos que toda la carga denunciadora de un documental sobre violencia contra las mujeres en
prime time televisiva, por ejemplo, perdería la mayor parte de su impacto -al menos del impacto moral- si en la pausa publicitaria nos chocáramos con un hombre a todas luces ridículo que, gracias al aroma de su desodorante, marcara el camino de la hembra hambrienta de macho hacia su pene, faro del placer donde los haya. Y no me dirán ustedes que este supuesto no se parece a la realidad que vemos a diario.