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Leí lo que escribes de Santiago.
Santiago es una ciudad desordenada, bella, fea y en constate crecimiento, como una adolescente que le brota todo por todos lados.
Llueve. Algunos inviernos llueve poco, como el de este 2004 con un cielo de acero y smog, con miles de niños contagiados con enfermedades respiratorias y servicios de salud colapsados. Necesitamos que llueva y pronto.
Hace un frío tajante, como si te rebanaran los huesos. La Cordillera nos mira con sus gélidas nieves eternas y su enorme indiferencia. Bella sí, monumental, bella y lejana, con riquezas escondidas en su corazón de piedra.
Hay un palacio en el centro de Santiago. En realidad hay varios edificios hermosos y antiguos (poquísimos con portones y menos portones toscanos), nada que ver con los de las Mil y Una Noches como algunos europeos mistifican. Es una casa más grande que otras, con algunos enlucidos de buen gusto (y dinero), muebles de noble madera y algo de historia, amén de la leyenda tejida con hilos de nostalgia a su alrededor.
Santiago no es más que Paris, Buenos Aires o Madrid. Tampoco lo es menos. Es nuestra capital, con todas sus afectaciones y dificultades.
Las calles, por ejemplo, angostas y peligrosas. Si uno fuese ciego, ¡Dios nos libre!, tendríamos que andar con un lazarillo por ellas. Desniveles, tráfico desagradable, bocinazos, choferes irrespetuosos, grandes aglomeraciones a ciertas horas, en fin, todo conspira para estresar a los habitantes.
Sin embargo si sales del centro, hay barrios encantadores. Puedes pasear sin peligro ni aprensiones. El Parque Forestal, el Parque Japonés, la calle Lyon o el Paseo Las Palmas. Y si caminas más lejos, todo cambia. Al sur hay grandes jardines con las plantas que ni te imaginas, enormes extensiones de maizales o papales. O viñas doradas. Si subes a la Cordillera en las recónditas laderas hay aguas termales que te dejan la piel colorada de tan calientes. Y que según dicen son salutíferas. Recovecos deliciosos y los atardeceres ni la mejor película los ha podido copiar. Uno distinto cada día.
El sol amanece por el oriente, tímido sobre Los Andes y su reflejo hace la nieve más blanca y más fría. Por la tarde se despide en el poniente, hacia el Océano Pacífico, con un despliegue grandilocuente de perfección.
También hay una ciudad (¿dónde no?) de delincuencia, terrores y perversiones inimaginables. Sólo los habitantes de la noche y las ratas saben cómo se tranza la droga, cómo se abusa a los niños, cómo se vende el sexo y de qué forma. La noche y sus cuchillos, la delación y la miseria. La noche de las muertes por hipotermia de los seres sin hogar. La noche de micros malolientes bamboleando pasajeros que dejan su vida en los viajes y apenas ven sus hijos.
Y mi hogar. Una sencilla casa de piedra en la pre-cordillera, con un gomero envolviendo la entrada y dos buganvillas, una a cada lado. Frente a mi casa una panadería con oloroso pan fresco cuatro veces al día y más allá, como a 300 metros una iglesia pequeña de noble gente, honrada y afable. Lejos del centro, lejos del ajetreo y el comercio, mi barrio huele a tierra húmeda (cuando lleve), la vegetación crece sin impedimentos y las aves anidan en los árboles de mi patio. Hay un boldo, un eucaliptos, un nogal de sabrosas nueces, un naranjo nuevo y un viejo limonero. También cultivo una mata de menta y un cedrón.
Como ves, Santiago no es el Paraíso, pero es vivible en armonía.
¡Ah!, Parra es mi poeta favorito.
Neruda poco, más la Viola y la Mistral. Cosa de mujeres, será, digo yo.
Toyita.
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