Qué bien que hayamos vuelto ahora que se nos acerca el Cónclave. Apasionante, oye: los papables,
las casas de apuestas, los yo no quiero pero si me nombráis, los yo sí quiero, yo sí quiero, venga ya qué trabajo os cuesta si, total, ya soy viejito. Y es que debe ser la leche ser Papa.
Como se dice por ahí que cualquier bautizado puede ser nombrado Papa, yo, -no es que me haga ilusiones ¡eh!- he estado preparando mentalmente la posibilidad de ser elegido, pero no sé si en realidad me apetece demasiado. Se lo he comentado a la Cabocla:
- Oye tú, que igual me nombran Papa de Roma.
- ¡Vaya! Entonces no podremos ir este año de vacaciones a la playa con las niñas.
Y tiene razón la tía: se me joden las vaciones.
También veo otro problemilla además del de las vacaciones: ¿qué hago con las caboclitas? La verdad es que no me las imagino correteando por la Sixtina y la pequeña es capaz de pintarrajear en cualquier fresco (de los pintados, me refiero, que la niña es muy respetuosa con las personas).
Otra duda que me corroe es que si me nombran Papa, ¿cuándo me avisan? ¿Antes de meterle el cerillo a la fumata o después? Yo supongo que debe ser antes porque creo recordar que cuando sale la columna de humo blanco, en muy poco tiempo sale el elegido al balcón. Sí, seguro que me llaman antes al móvil o me mandan un correo electrónico avisándome, y mientras llego y no se dedican a seguir votando, pero ya en plan de broma y como riéndose.
En fin, supongo que habrá que esperar para ver cómo se desarrolla todo el procedimiento. Por cierto, no os quepa duda que si al final resulto elegido pienso escribir un post contándolo todo, aunque con nombre supuesto, claro está. Después igual dejo de escribir por aquí porque no me parece del todo bien ser Papa y andar por esos mundos de Dios contando cosas que igual no deben contarse, secretos vaticanos y demás, me refiero.
