Me gustaba de Amparito que fuera de costumbres relajadas, al menos eso decían mis compañeros de clase allá por el año 79 apoyándose en la siguente razón: era hija de un americano y, como todo el mundo sabe, los americanos son gente de costumbres relajadas. Supongo que gran parte de la responsabilidad de la idea habría que achacársela a películas como
Grease o a cualquier otra de esas en las que aparecían jóvenes para los que una primera cita sin sexo era una pérdida miserable de tiempo. Es por eso que se me llenó la barriga de mariposas y escorpiones cuando un domingo me llamó -ella era de las que no esperaban a ser llamadas- para ir al cine. Teníamos quince añitos y yo, personalmente, estaba muy necesitado de cariño.
Quedamos en la puerta del propio cine para ver
Phantasma, una película de terror y casquería -o a la inversa, que tanto daba-. Fue mi primera experiencia. Mi primera experiencia con ese tipo de cine. Recuerdo que en una secuencia una criatura infernal salía de un espejo para arrebatar al personaje de este mundo y llevárselo hacia sabe dios dónde. Era uno de los momentos culminantes, un susto mayúsculo, un horror en todos los sentidos. Amparito -recuerdo, revivo- me agarró fuertemente la mano y subió mi brazo hasta ponerlo alrededor de sus hombros para así poder apretarse contra mi pecho, como si creyera que ella iba a ser la próxima viajera del espejo. Así estuvimos hasta el final, y dejó de interesarme la película; solamente pensaba en ese rostro acurrucado en mí, en ese brazo que rodeaba mi vientre, en esa mano que se enlazaba con la mía. Al terminar la película acompañé a Amparito hasta el autobús que la llevaría a su casa. Mientras esperábamos en la parada, Amparito me besó, y yo recibí sus labios entre el ensueño y la realidad. Los escorpiones se habían tornado definitivamente en mariposas.
Un par de años después volví a ver una de esas
películas de terror sangriento, pero ya no venía conmigo Amparito y no había ni mariposas ni escorpiones. Fue un error que no he vuelto a cometer.