Un sueño
No suelo recordar lo que sueño y me alegro, porque cuando lo hago me suele entrar una intranquilidad por el cuerpo que no consigo dominar hasta que lo olvido unas horas después. Anoche soñé que me examinaba -¡fíjate, a estas alturas!- de psicología o algo parecido, cosa que, por otra parte, no he estudiado en mi vida ni me interesa lo más mínimo. El caso es que dentro de mi cabecita debió establecerse alguna relación con el estudio de la sesera como para justificar el sueño. Lo intranquilizante del hecho no es la materia del examen, sino cómo lo hacía. No escribía con un bolígrafo ni lápiz ni pluma ni nada por el estilo; escribía con un cuchillo de esos que usamos en casa para comernos tremendos filetazos de ternera sangrante. Lo agarraba por la empuñadura y escribía sobre un papel que, lógicamente, se rasgaba, pero permitía leer las letras. Ni que decir tiene que fue un sueño de enorme sufrimiento porque la velocidad con la que se puede escribir con un cuchillo sobre una hoja de papel no es gran cosa y el tiempo de examen -lo recuerdo- estaba limitado.
Ahora me dirán ustedes qué puede hacer una persona que se gasta estos sueños. No sé, igual me doy una vueltecita por el psiquiatra y le digo que últimamente me da por asesinar exámenes. Con suerte me dará un mesecito de baja o, en su defecto, prescribirá tratamiento para varios años y dará parte a la autoridad competente para que me vigilen permanentemente. Mira por donde ya tengo motivos para una manía persecutoria de tomo y lomo.
¡Qué bonito, qué interesante y qué moderno!