La mágica Eva escribía ayer sobre la
máquina del tiempo en un post bellísimo, como siempre. Hace un poquito he leído el relato que Thais nos hace de su
noche de ayer: fuegos de artificio en el cielo y en las entrañas, supongo. Se pone uno tierno, la verdad, y piensa en lo pasado y en poder recuperarlo aunque solamente sea por unos instantes, un breve fogonazo en la memoria. Aquí es donde entra en juego el bocadillo de caballa con pimientos morrones, manjar de dioses donde lo haya, máquina gastronómica de los recuerdos. La vida presenta a veces casualidades caprichosas y anoche me endosé uno entre pecho y espalda que reactivó la memoria abotargada. El bocadillo, su sabor, me transportó a mis diecinueve añitos y a una tienda de ultramarinos que había cerca de una plaza que, más que plaza, era paraíso. Allí comí mis primeras caballas con pimientos en una noche de agosto, creo, de calor sofocante y ciudad desierta. Solo caminaba por las calles el amor, o eso me parecía. Amor en la frente blanca y en la noche de verano, amor de diecinueve años y de besos lanzados y de manos que buscaban un cuello o unos hombros que acariciar. Eso era amor y se respiraba y nos envolvía y no veía -no veíamos- más que amor.
Los bocadillos de caballa con morrones me provocan estos efectos beneficiosos para mi salud. Sé que queda un poco raro y prosaico, pero así es el Caboclo, y desde hoy me receto al menos un bocadillo de estos cada semana.