Hay días que se levanta uno con el cuerpo de aquella manera. Esta sensación de desasiego se acrecienta cuando tu cristal preferido te devuelve un mensaje del tipo...
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Ni que decir tiene que uno pulsa la tecla, pero aquello no va más allá. En situaciones como esa a uno le quedan pocas alternativas. El suicidio virtual es una de ellas, el
beatus ille y la defensa de una vuelta al orden natural, es otra. Yo, en cambio, que no me resisto a una reeducación cultural, opté por introducir -esto se pone tórrido, como bien se ve- por una de las ranuras de mi PC un Linux en
Live CD. Bueno, pues me permite navegar, consultar correo, escribir alguna cosilla como esta y algunas otras actividades electrónicas, pero también constata el hecho de que mi disco duro, mi queridísimo disco C, ha montado en una barca manejada por un tal Caronte. Con él han marchado al Hades mis datos, mis programas, mis proyectos. Mi PC, yo mismo, hemos quedado invadidos por la soledad del que lo tuvo al alcance, del que lo disfrutó, pero no supo conservarlo.
Ahora escribo estas líneas como desahogo, y recuerdo que justamente ayer bajaba unas imágenes que me hicieron pensar en que todavía hay algo con sentido. He encontrado una vía dentro del laberinto de la red que me ha llevado a una de ellas: Manet, sí que sabía lo que valía la pena y lo que no. Olympia, hermosa, desnuda para la eternidad, me mira, y yo no puedo más que proclamar su belleza.