Toc. Toc. Toc.
-¡Papaaaaaaá!
Ya estamos otra vez. La última vez que escuché este grito de desesperación me costó la vida: un bicho, una monstruosidad servocroata o algo así, me devoró a los pies del sofá del salón. Estarán ustedes de acuerdo conmigo, por tanto, en que es lógico que la preocupación, el miedo, diría, me invadiera.
-¡Papaaaaaaá!
-¿Qué te pasa? ¿Otro bicho?
-No. Mira lo que hago. A la pata coja.
Toc.Toc. Toc.
Muy lentamente me doy la vuelta y asisto al espectáculo de la Caboclita superior saltando como posesa. Realmente creo que estas niñas no pueden ser en verdad hijas mías; más bien parecen un híbrido entre la niña del Exorcista y Jim Carrey.
-Lo he conseguido hoy, lo he conseguido. ¡A la pata coja!
La Caboclita intermedia la jalea. Venga, más rápido, más. -le dice- Yo también lo hago -me dice como amenazando. Y saltan al unísono. Un amor, son un amor las crías.
Tocotoc. Tocotoc. Tocotoc.
-Nos vamos -y se van, saltando a la pata coja, por supuesto.
Al rato oigo "Papaaaaaá", y un chillido agudo, y llanto. La intermedia viene corriendo, alteradísima.
-Se ha caído -me confirma- en el salón.
Allá que voy al rescate. Un charco de sangre y la niña en medio hecha una energúmena. Pienso en si será verdad o si se tratará de otra mala pasada de la ficción en que a veces vivo. Parece real. Esta vez sí lo parece. Ni que decir tiene que me pongo histérico, que a nervios perdidos hay pocas personas que lleguen a mi altura. Mientras profiero una buena sarta de gritos, maldiciones, movimientos enloquecidos, abrazos a la niña -me pongo perdido de sangre, por cierto-, llamadas a la Cabocla que sestea y demás, la intermedia ronda callada a su hermana, toca la sangre con los dedos, la mira, se acerca despacito y observa la herida en la barbilla de la que brota el líquido, analiza el corte y pone sus dedos -en un descuido- sobre él. Parece estar disfrutando. Esta niña me preocupa y, la verdad, con estas tendencias, no sé que será de ella en la vida.
Toc.Toc.Toc.
Parecerá mentira, pero la Caboclita intermedia, después de su baño de sangre, después de palpar la carne abierta en dos, continúa saltando a la pata coja.
-Yo no me caigo, Papá -me dice mientras sale del salón, saltando, y se encamina por el pasillo hacia la habitación de los juegos.