Compañía
La miraba con admiración mientras sus manos arremolinadas escondían todo lo que sentía. Parece que la esté viendo sentada en una sillita baja, el cuello erguido, la mirada fija en la hija que en la mesa quiere devorar a cada instante los papeles. La niña no era solamente su hija, era todo lo que ella nunca pudo ser, sus deseos, los de toda la familia. Allí estaba, estudiando, la primera que podría salir del bucle trabajar miserablemente para vivir miserablemente, vivir para trabajar.
Los papeles agreden a la niña que se defiende como puede ordenándolos una vez tras otra. De rato en rato, la niña mira a la madre en su sillita.
-Mamá, acuéstate ya, por favor.
No parece comprender que la madre no puede dormir esa noche porque es feliz, inmensamente feliz, y quiere disfrutar cada momento mirando como su hija, lo mejor de su casa, navega por el huracán de papeles y libros.
-Mamá...
-Hija, no te preocupes por mí, que no tengo sueño.
Y aunque no haya podido contemplar la escena, sé que es hermosa, porque el silencio en estas ocasiones, es hermoso.