Besar a Lola era pelear. Pelear con sus labios como de papel de estraza, con su pelo crespo, con su brío y sus manos que recorrían el cuerpo en una carrera enloquecida. Yo me dejaba llevar en aquellos atardeceres de hace ya veinte años.
No nos queríamos. Al menos yo no la quería y, supongo, tengo la certeza, ella tampoco sentía nada por mí más allá del deseo de competir. Todo en ese mes de julio era una locura de besos rasposos y juegos de escondidas que
alexgk me ha hecho recordar de golpe.
Los besos de Guadalupe, sin embargo, eran suaves y sus manos solían reposar tranquilas en mi cintura mientras las mías acariciaban su melena castaña. Besarla era dejarse llevar, paseando labios, comisuras, mejillas. Todo era dulzura en sus labios, en sus manos.
En aquel mes de julio de hace ya veinte años yo me debatía entre dos formas de besar, entre dos formas de ver la vida y las relaciones entre las personas. Lola y Guadalupe. Guadalupe y la orilla del mar. Sus labios.